Hay lugares que condensan todo lo que uno imagina cuando piensa en Italia: colinas onduladas, viñedos interminables, pueblos medievales y, por supuesto, vino. El Chianti es uno de esos lugares. Y esta vez tuve la suerte de recorrerlo de una manera especial: durmiendo en un auténtico palacio de los Medici. Sí, leyeron bien. Un palacio renacentista rodeado de viñedos, a solo 14 kilómetros de Florencia.

Si estás planeando visitar la Toscana y te gusta el vino (o aunque no te guste tanto pero querés vivir una experiencia única), este post es para vos.

Qué es el Chianti y por qué es tan especial

Chianti no es solo un vino, es una región entera que se extiende entre Florencia y Siena. Y dentro de esa región hay distintas zonas: Chianti Clásico, Colli Senesi, Colli Fiorentini, Rufina... Cada una con su propio carácter de vino. Nosotros visitamos la zona del Chianti Clásico, que es probablemente la más conocida.

La uva del Chianti es la Sangiovese. Por ley, el vino tiene que tener más de un 70% de esta uva. Hay muchos vinos que llegan al 100% de Sangiovese, y otros que la mezclan con un poco de Merlot, Cabernet Sauvignon o Canaiolo, que también es una uva popular en la Toscana.

Lo que me parece fascinante del Chianti es su versatilidad. Podés tomarlo como un "easy drink", un vino de todos los días. En los pueblos de la Toscana podés pedir copas por 3,50 o 5 euros y la gente se junta en la calle a beber vino como si nada. Pero también es un vino para guardar, envejecer, que mejora con el tiempo. No es un lujo exclusivo, es parte de la cultura.

Cuando lo probás, vas a notar que tiene un gusto ácido con un final seco. Es perfecto para acompañar la comida toscana: pasta al ragú, la famosa bistecca alla fiorentina (que se pide por gramaje, de 500 gramos para arriba... si conseguís una de 500, porque si no son de kilo y medio), y los fantásticos embutidos y quesos.

Nosotros pedimos un tagliere espectacular: pecorino con pimienta, ricotina con tartufo, caprino con una costra de vino tinto (una maravilla), panceta, jamón crudo y salchichabusculo, que para mí es mi salchicha preferida. Todo sabores fuertes que hacen un match perfecto con el Chianti.

Un poco de historia (porque en Italia todo es historia)

El Chianti ya se mencionaba en documentos del siglo XIII, pero empezó a ser realmente importante a partir de 1716, cuando Cosimo III de Medici, el Gran Duque de Toscana, delimitó la zona de producción. Esto fue una decisión visionaria porque fue una de las primeras denominaciones de origen del mundo.

De todas maneras, el vino en Italia siempre fue algo más cotidiano. No era un lujo, era parte de la vida diaria. Piensen que además era más sano beber vino que agua, porque a veces el agua estaba muy contaminada. Después, en el siglo XX, empezó a sofisticarse un poco más, pero esa esencia popular nunca se perdió del todo.

Cómo organizar tu visita al Chianti

Acá va algo importante: si querés hacer esta experiencia como te la cuento en este post, vas a necesitar sí o sí un vehículo de alquiler. El Chianti no es un lugar al que llegás fácil en transporte público. Las bodegas están dispersas entre colinas, los pueblos están conectados por carreteras secundarias, y necesitás libertad de movimiento.

La otra opción es reservar una excursión desde Florencia que te lleve a una bodega, pero no es lo mismo. Es una experiencia de medio día, limitada, y no te permite recorrer la región a tu ritmo.

Nosotros visitamos Greve in Chianti y Panzano, dos pueblos chiquitos que están muy relacionados al vino. Es fácil ver tractores por todos lados, gente juntándose en la calle a beber vino. Nosotros estuvimos para Halloween y había un montón de gente en la calle tomando vino como si nada. Te das cuenta de que no es un lujo, es parte de la cultura.

Dormir en un palacio de los Medici (sí, en serio)

Ahora viene la parte que más me voló la cabeza: el alojamiento. A solo 14 kilómetros de Florencia está la Villa Medicea di Lilliano, una finca rodeada de olivos y viñedos que perteneció a Francesco Maria de Medici, hermano del Gran Duque Cosimo III.

Francesco Maria fue gobernador de Siena, título que conservó casi toda su vida, pero también fue cardenal. Tener un puesto de cardenal en el papado era muy importante porque eras muy influyente. Te sentabas en la mesa chica con el Papa, podías influir... y para los Medici, que eran banqueros, tener la cuenta del papado era fundamental.

En un momento, su hermano lo obligó a renunciar al cardenalato, volver a Florencia y casarse con Eleonora Luisa Gonzaga, de la familia Gonzaga de Mantua (otra familia de mecenas, otra ciudad increíble que recomiendo visitar). Francesco Maria no eligió casarse con ella, lo hizo de manera forzada. Tampoco tuvo descendencia. Pero lo que sí eligió fue hacerse una villa enfrente a la de su hermano.

Y acá viene algo curioso: la villa no tiene una gran fachada. La entrada es más bien industrial, discreta. Las malas lenguas dicen que era para que no notaran la entrada de sus amantes. No sé si será verdad, pero me encanta la anécdota.

Lo que sí es verdad es que, una vez que pasás esa fachada que no dice mucho, por dentro es espectacular. Tiene un jardín hermoso con distintos árboles, limoneros, y al final tenés toda la vista de las colinas de la Toscana. Y algo que me encantó: hay dos esculturas de perros que eran los perros de Francesco Maria. No son perros genéricos de decoración, son SUS perros. Se nota que los quería, que eran importantes para él.

Después está el jardín interno, conectado con el externo a través de una galería con frescos increíbles en las paredes y las puertas pintadas. Cuando entrás ahí, no querés salir. Yo decía "que no se termine el tour, que no se termine el tour". Me tuvieron que esperar.

Como si esto fuera poco, hay una terraza desde donde ves los viñedos, los olivares y, al fondo, la cúpula del Duomo de Florencia. Sí, desde la villa se ve la cúpula de Brunelleschi. Es una locura.

Y abajo del todo están las bodegas originales, con barriles de terracota, botellas viejísimas. Ese era el lugar donde se producía el vino hace siglos. Hoy la producción está mucho más modernizada, pero bajar a esas catacumbas que tienen siglos es una experiencia única.

La degustación de vinos en Malenchini

La bodega se llama Malenchini, y el tour que hacés es súper completo. No es solo vino: es historia, arte, producción de aceite de oliva. Estos lugares son como un destino en sí mismo, no es un simple hotel.

Hicimos una degustación de distintos tipos de Chianti con distintos porcentajes de uva Sangiovese, acompañados, por supuesto, de embutidos y quesos. Mónica, que nos guió por la finca, fue increíble. Nos llevó por toda la propiedad, nos explicó la historia, la producción, y después hicimos la degustación.

El hotel en sí, aunque más moderno, respeta la estética del lugar. Tiene mapas viejos de la Toscana y Florencia, las vistas son increíbles. Te retrae a aquellos tiempos. Es una maravilla de lugar.

Podés ir y hospedarte como hicimos nosotros, o si no, visitarlo por un día y hacer solo la degustación de vinos. Ambas opciones valen la pena.

Mi recomendación final

Si vas a visitar la Toscana y te interesa el vino (o la historia, o el arte, o simplemente vivir una experiencia diferente), el Chianti es un must. Alquilá un auto, tomate tu tiempo, recorré los pueblos, visitá una bodega como Malenchini, dormí en una villa rodeada de viñedos si podés.

Y cuando estés ahí, brindá con un Chianti y acordate de que en cada traguito hay un poco de historia italiana y mucho arte. Yo lo hice, y te aseguro que es una de esas experiencias que no se olvidan.

Ah, y un último consejo práctico: si vas a entrar a Florencia con el auto, informate bien sobre las zonas de tráfico limitado (ZTL). Cuando te llegue la primera multa por haber entrado mal, te vas a acordar de este consejo. Creeme.