La primera vez que vi Montserrat desde la autopista me quedé mudo. Esas agujas de roca que sobresalen del paisaje catalán parecen puestas ahí a propósito, como si alguien las hubiera tallado con un cincel gigante. Pero no: son 50 millones de años de historia geológica, el resultado del choque entre la placa ibérica y la euroasiática cuando se levantaron los Pirineos. El agua hizo el resto durante milenios, esculpiendo ese conglomerado rojizo que desde lejos parece irreal.

Montserrat —que en catalán significa "montaña serrada"— es uno de esos lugares que combinan todo: espiritualidad, naturaleza, historia y hasta inspiración artística. Sí, porque se sabe que Gaudí visitó la zona al menos nueve veces. No hay documentación oficial que lo confirme, pero las fotos de él con su familia están ahí, y cuando mirás la Sagrada Familia es imposible no ver el diálogo entre esas formas orgánicas y las agujas de Montserrat. No es casualidad.

Hace poco volví, esta vez con la idea de hacer algo distinto: no solo visitar el monasterio, sino caminar la montaña. Y te digo una cosa: ir a Montserrat y no sentir la montaña es perderte lo más auténtico del lugar.

Cómo llegar desde Barcelona (las tres opciones que funcionan)

Estás a una hora y media de Barcelona, y tenés tres maneras de llegar. Todas salen de Plaza España, tomando los Ferrocarriles Catalanes hacia Manresa.

Primera opción: te bajás en la estación de Aeri de Montserrat y te subís al teleférico amarillo. Es rápido, directo, y las vistas desde arriba son espectaculares.

Segunda opción: seguís hasta Monistrol de Montserrat —el pueblo que está justo abajo— y de ahí tomás la cremallera verde, ese tren que sube zigzagueando hasta dejarte prácticamente en la puerta del monasterio. Tenés que caminar un poquito, pero nada complicado.

Ambas opciones te cuestan alrededor de 25 euros ida y vuelta.

Tercera opción: salir en un tour organizado desde Barcelona. Yo fui con Tours by Uni en una excursión de grupo reducido, y la verdad es que tuvo sus ventajas. Salimos temprano desde Paseo de Gracia, llegamos a Montserrat antes del aluvión de gente, y disfrutamos esa luz de la mañana que hace que las rocas parezcan brillar. Además, íbamos con la idea de hacer trekking, así que tener todo organizado —transporte, guía, tiempos— me dejó la cabeza libre para disfrutar.

El monasterio y la Moreneta: más allá de la postal

Cuando llegás, lo primero que ves es el monasterio. Y sí, hay una cola larga. Esa cola es para subir a ver la Moreneta, la Virgen de Montserrat, patrona de Cataluña. Según la tradición, fue encontrada por niños pastores en el año 880 dentro de una cueva. Intentaron moverla, pero pesaba tanto que entendieron que debía quedarse ahí. La talla que se ve hoy es del siglo XII, de la época románica, pero la leyenda es anterior.

Nosotros no hicimos esa cola. No queríamos perder tiempo y preferimos explorar el resto del monasterio, que es impresionante por sí solo. Las capillas alrededor de la iglesia principal son espectaculares, pero hay dos que no te podés perder.

La capilla de San Jordi, la tercera antes de salir (yendo hacia la izquierda), está hecha por Josep Maria Subirachs, el mismo escultor que trabajó en la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia. Es modernista, expresionista, con formas geométricas y muy dramáticas. Algo completamente distinto a lo que esperás ver en una iglesia tradicional.

La última capilla antes de salir tiene una decoración atribuida a Gaudí. Bueno, técnicamente fue un encargo del mecenas de Gaudí, el conde Güell. Cuando fui estaba muy oscura, sin buena luz, y fue una lástima porque me hubiese encantado verla mejor. Ojalá mejoren la iluminación, porque merece la pena.

El trekking que cambia todo

Después de recorrer el monasterio, nos subimos al funicular que te lleva a lo más alto que podés llegar con transporte. Desde ahí arranca un sendero panorámico que hicimos en hora y media, máximo dos. No necesitás preparación especial, pero sí llevá calzado cómodo y una botella de agua. Gran parte es de bajada, así que no es exigente.

Y acá viene lo mejor: de un lado tenés toda la cordillera de Montserrat con sus agujas imposibles, y del otro, las tierras vinícolas del Penedès, donde se produce el cava catalán. Me encantaría hacer un video solo de esa zona.

Pero lo que más me sorprendió fueron las cuevas. Antes de Gaudí, antes de los monjes, antes del cristianismo, Montserrat ya era un lugar sagrado. En esas cuevas vivían trogloditas en el Neolítico. Se encontraron restos humanos y herramientas de miles de años. Más tarde, esas mismas cavernas se convirtieron en ermitas donde vivían monjes solitarios. Caminando el sendero las vas viendo, y te podés acercar a algunas. Es impresionante pensar que ahí hubo gente viviendo hace tanto tiempo.

No vas a estar solo en el camino. Vas a ver familias catalanas enteras, abuelos con nietos, gente que viene a caminar como quien va al parque. Y es que acá el senderismo es parte de la cultura. La Federación de Excursionistas de Cataluña es la asociación de montaña más grande de España, con más de 40.000 miembros. Tienen el Pirineo Catalán, el Montseny, redes de refugios y senderos súper bien señalizados. Se nota que la montaña es algo serio acá.

Lo que me llevo de Montserrat

Montserrat recibe entre 2,5 y 3 millones de visitantes al año (al menos antes de la pandemia), siendo uno de los lugares más visitados de Cataluña después de la Sagrada Familia y el Park Güell. Una parte son peregrinos, pero la gran mayoría son turistas que van en una excursión de un día.

Y está bien. Es accesible, está cerca de Barcelona, y no hace falta dedicarle un día entero si no querés. Con medio día podés ir y volver. Pero mi recomendación es esta: si vas, caminá. Aunque sea un rato. Subí al funicular, hacé aunque sea una parte del sendero. Sentí la montaña.

Porque Montserrat no es solo un santuario. Es una montaña con miles de años de historia humana que inspiró a artistas, a monjes y a millones de viajeros. Y cuando estás ahí arriba, con el viento en la cara y esas rocas imposibles alrededor, entendés por qué.

Mi recomendación concreta: si podés, salí temprano. La luz de la mañana sobre las rocas es otra cosa, y evitás las horas pico de turistas. Y si te gusta caminar aunque sea un poco, no te quedes solo en el monasterio. La montaña te está esperando.