Hay algo que me pasa seguido cuando leo los comentarios en el canal: mucha gente compra el ticket para la Galería Borghese, va, se queda dos horas mirando las esculturas de Bernini —que son una locura— y después se vuelve directo al hotel. Y yo pienso: ¿en serio? Porque justo ahí, en esa zona, está una de las caminatas más lindas que podés hacer en Roma. Una que conecta arte barroco, jardines históricos, una terraza con vistas de película y, si te animás, una copa con la ciudad eterna literalmente a tus pies.

Así que acá va: mi recorrido favorito por la Roma elegante, la que no sale en las postales pero que te deja con esa sensación de haber descubierto algo especial.

La Galería Borghese: Bernini te va a volar la cabeza

Arrancamos en la Villa Borghese, que fue creada a principios del siglo XVII por el cardenal Scipione Borghese. El tipo tenía un objetivo claro: impresionar al Papa y a toda Roma. Y lo logró. Levantó un palacio rodeado de jardines, lleno de esculturas y pinturas que hoy son patrimonio mundial.

Adentro están las obras de Gian Lorenzo Bernini que, si no las viste en persona, no te das una idea de lo que son. Hablo de Apolo y Dafne, El rapto de Proserpina, el David. Esculturas hechas en mármol que parecen cobrar vida. La primera vez que fui me quedé tan alucinado con El rapto de Proserpina que me olvidé de subir al primer piso a ver las pinturas. Sí, me pasó. Entré en el último turno, empecé a dar vueltas entre las salas, todo era mármol —paredes, pisos, esculturas— y perdí la noción del tiempo.

Lo que me mata de esa escultura es cómo Bernini logra que veas la presión de los dedos de Plutón hundiéndose en la pierna de Proserpina. Es mármol, pero parece carne. Ves la musculatura del tipo, la tensión, el dramatismo. Puro Barroco.

Y hablando de Barroco: el David de Bernini es totalmente distinto al de Miguel Ángel que ves en Florencia. El de Miguel Ángel es puro Renacimiento: calma, equilibrio, belleza ideal. Está tranquilo antes de la batalla, concentrado. El de Bernini, en cambio, es puro movimiento. Está torsionado, tirando la piedra con la gomera —así le decíamos en Argentina—, a punto de lanzarla. Es acción pura. Dramatismo total.

Además de Bernini, la galería tiene obras de Caravaggio, Rafael y otros maestros. Fue una colección privada que también era una declaración de poder. Un dato que me quedó grabado: Napoleón, a través de su cuñado Camilo Borghese, se llevó varias obras de acá al Louvre. Hoy están en lo que se llama la "Colección Borghese" en París.

Calculá mínimo dos horas para la galería. Y reservá con anticipación, porque las entradas se agotan rápido.

El parque Villa Borghese: un pulmón verde en el centro de Roma

Acá viene la parte que casi nadie hace: en vez de volver al hotel, metete adentro del parque. Es uno de los más lindos de Roma. Un pulmón verde enorme donde conviven jardines formales y paisajes ingleses, esculturas, templetes, senderos que serpentean entre pinos y fuentes.

Podés caminar tranquilo, alquilar uno de esos cochecitos con pedales o con motor —he visto de todo, gente corriendo, gente en bicicleta—, y cruzar el parque entero hasta llegar a la terraza del Pincio. Desde ahí tenés una vista espectacular de Roma: los edificios del Vaticano, el Museo Vaticano, el Altar de la Patria. Gran parte de la ciudad se ve desde ahí. Lo único que no alcanzás a ver es el Foro Romano y el Coliseo, que quedan más atrás. Pero igual, es una vista que vale la pena.

En el camino, si tenés ganas, podés parar en el Templo de Esculapio, que está junto al lago. Es un rincón tranquilo, medio escondido, perfecto para sentarte un rato si hace calor.

Te voy a dejar en la descripción un mapa de Google Maps con todos los puntos que menciono en este recorrido. Así no te perdés.

Villa Médici: los Médici también dejaron huella en Roma

Una vez que llegás al Pincio, empezás a bajar hacia la Villa Médici. ¿Te acordás de los Médici? Si viste mi video sobre Florencia, sabés que eran los banqueros más poderosos del Renacimiento. Bueno, esta era su residencia en Roma.

Fue construida en el siglo XVI por el cardenal Ferdinando de Médici, hijo de Cosme I. Este Ferdinando era un personaje increíble: lo nombraron cardenal a los 14 años, sin ninguna vocación religiosa. Ser cardenal en esa época, más que un tema espiritual, era una posición de poder. Te sentabas en la mesa chica del Papa, influías en sus decisiones. Y los Médici, que eran banqueros, usaban esa influencia para obtener la cuenta del Papa. Tener al Papa de cliente era el negocio del siglo.

Pero Ferdinando, por suerte, también era un gran amante del arte y la escultura. Durante su etapa romana levantó esta villa espectacular: jardines, fuentes, colecciones de antigüedades, frescos manieristas. En 1803, Napoleón la convirtió en la sede de la Academia de Francia en Roma. Hoy es una residencia para artistas franceses y también tiene exposiciones temporales.

La fachada por fuera no te va a decir mucho, pero por dentro es espectacular. Los jardines son los más cuidados de toda la Villa Borghese. Si vas, entrá en la web de la Academia de Francia o de la Villa Médici para ver qué exposiciones hay. Puede que te interese.

Hotel Hassler: la terraza con las mejores vistas de Roma

Desde la Villa Médici, empezás a bajar hacia el centro de Roma. Estás muy cerca de la Piazza di Spagna, la que tiene las escalinatas famosas. Pero antes de bajar —o si querés, bajá un poquito y después volvé a subir— metete en el Hotel Hassler.

Es un hotel cinco estrellas, muy paquete. No tengas vergüenza, está todo bien. Eso sí: no vayas en pantalones cortos. Andá relativamente bien vestido. El hotel tiene en la terraza, según dicen —y creo que lo puedo confirmar—, la mejor vista de toda Roma.

Desde arriba ves el domo de San Pedro, el Panteón, las colinas del Gianicolo. Es como tener Roma a tus pies, tipo emperador.

Además, el Hassler es famoso porque se alojaron reyes, artistas, celebridades: Charles de Gaulle, Frank Sinatra, los Beatles, Tom Cruise. ¿Te acordás de esa escena de Misión Imposible con un Fiat Cinquecento amarillo bajando las escalinatas de Piazza di Spagna? Bueno, eso está filmado prácticamente desde las puertas del hotel. Y sí, Tom Cruise se alojó ahí.

Subís al último piso, preguntás por la terraza, y te tomás algo en el bar. Un trago te va a costar unos 15 euros, pero la vista lo vale. Te lo prometo. Es uno de esos momentos en los que decís: "Esto lo voy a recordar".

Cómo volver al hotel (y un consejo sobre taxis en Roma)

Después de la terraza, dependiendo de dónde estés alojado, podés volver caminando. Si no, tenés el metro en Piazza di Spagna. Y si querés darte el gusto, pedís un taxi ahí en el hotel.

Un dato: los taxis en Roma no son fáciles. Todos tienen el cartelito de "taxi" encendido en el techo, pero no todos avisan si están libres o no. Podés pasar un buen rato haciéndole señales a taxis que no paran. Lo mejor es usar apps. La que mejor funciona en la mayoría de las ciudades europeas es una que se llama Free Now (antes era MyTaxi). La usás, ponés "Hotel Hassler", y en dos minutos tenés un taxi. Además, recorrer Roma en taxi también tiene su encanto. Vas con la cabeza apoyada en la ventana, disfrutando del paseo.

Mi recomendación final

Este recorrido es perfecto si tenés ganas de caminar, de descubrir una Roma más tranquila, más elegante. No es la Roma de las multitudes en el Coliseo o la Fontana di Trevi. Es otra cosa. Es arte, historia, jardines, vistas. Y esa copa final en la terraza del Hassler es el broche de oro.

Si vas, hacé un brindis por mí. Y si te animás, contame en los comentarios cómo te fue. Me encanta leer sus experiencias.

Buen viaje.