Recién volví de Versalles y tengo que decirte algo: entrar a este palacio es un quilombo. No porque sea difícil llegar o porque el lugar no valga la pena —todo lo contrario— sino porque hay tantas trampas con las entradas, tanta información contradictoria y tanto marketing engañoso que terminás perdiendo tiempo, plata o directamente quedándote afuera.
Así que este post va de eso: de cómo organizarte para visitar Versalles sin caer en las típicas trampas, qué mirar con atención cuando estés adentro y por qué este palacio explica mejor que ningún otro el delirio, el poder absoluto y la caída estrepitosa de la monarquía francesa.
El drama de las entradas (y cómo no caer en webs truchas)
Empecemos por lo más jodido: comprar las entradas. Si buscás "entradas Versalles" en Google, las primeras páginas que aparecen NO son la oficial. Son revendedores que se aprovechan de que la web del palacio solo está en inglés o francés, te ofrecen tickets "confirmados" que en realidad no tienen, y después te mandan un mail 24 horas antes diciéndote "ups, no hay disponibilidad".
¿Cómo lo sé? Porque nos pasó. Compramos con tres meses de anticipación en una de esas webs, y un día antes nos confirmaron que no teníamos entrada. Tuvimos que ir a las 8 de la mañana a hacer cola, con la esperanza de conseguir algún ticket del remanente del día. Por suerte entramos —quedaban solo 10 entradas para las 9 de la mañana— pero fue un estrés innecesario.
Hay páginas que venden entradas de grupo para agencias, te encuentran 10 minutos antes del horario, te dan el ticket y chau. No hay guía, no hay excursión, nada. Solo te cobraron más caro por un ticket que podrías haber comprado vos mismo.
Mi recomendación: comprá en la web oficial del Palacio de Versalles. Sí, está solo en inglés o francés. Sí, puede ser un poco confusa si no conocés la estructura del lugar. Pero es la única forma de asegurarte que tu entrada es real.
A veces, si buscás con mucha anticipación, puede que los tickets todavía no estén disponibles. Pero generalmente hay. Y si no conseguís online, podés ir temprano y comprar en el lugar, aunque te arriesgás a que se agoten.
Cómo llegar: tren desde París o quedarte en Versalles
La mayoría va en tren desde París. Hay trenes cada 10 minutos más o menos, el viaje dura entre 15 y 25 minutos dependiendo de las paradas, y salen desde distintas estaciones parisinas (creo que una es Gare du Nord, pero chequeá en la web de trenes franceses antes de ir).
Desde la estación de tren en Versalles hasta el palacio son unos 30 minutos caminando. Si querés entrar a las 9 de la mañana —que es lo que te recomiendo— tenés que tomarte un tren tipo 7:30 o 7:40 desde París. Madrugar, sí, pero vale la pena.
Nosotros hicimos algo distinto que me encantó: nos quedamos tres noches en Versalles. Alquilamos un Airbnb en el barrio del mercado, a 7 minutos del palacio, y fue la mejor decisión. Versalles es una ciudad de 85.000 habitantes, con buenos restaurantes, cafeterías, buen ambiente. Tiene esa onda de ciudad francesa chica que a mí me vuelve loco.
Quedarnos ahí nos permitió ver el palacio a las 8 de la mañana con la primera luz del día —un espectáculo, porque la fachada principal mira hacia el este, de donde sale el sol, obvio, es el palacio del Rey Sol— y también lo vimos de noche, iluminado, cuando fuimos a cenar a un bodegón que está justo enfrente. Y después volvimos otro día para los jardines. Partimos la visita en dos: un día el palacio, otro día los jardines.
Como siempre digo, el tiempo es el mejor amigo del viajero. Pero si solo tenés un día, no pasa nada, podés hacerlo igual desde París.
Ah, un dato: los lunes el palacio está cerrado. Los jardines sí están abiertos, y son gratis (salvo que haya algún espectáculo especial de luces o sonido). Muchos comercios de Versalles también cierran los lunes porque reciben menos turistas ese día.
Antes de entrar: informate, mirá las series, entendé el contexto
Acá va mi recomendación más importante: no vayas en blanco. Versalles no es solo un palacio lindo. Es un delirio megalómano hecho realidad, una demostración de poder absoluto, una jaula de oro donde Luis XIV encerró a toda la nobleza francesa para tenerla bajo control.
Luis XIV agarró lo que era un pantano —literalmente— y construyó esta obra monumental. Trajo a la nobleza parisina a vivir acá, los hizo depender de él económica y socialmente, los obligó a seguir códigos de etiqueta ridículos, y así centralizó todo el poder en sus manos. Los nobles terminaban fundidos, él los financiaba, y dos generaciones después el Estado francés estaba en bancarrota. Ahí vino la Revolución Francesa.
Si querés entender todo esto antes de ir, te recomiendo dos series:
- Versalles (Canal Plus francés): tres temporadas que cuentan el nacimiento del palacio, Luis XIV, toda la locura de la construcción y la vida en la corte.
- María Antonieta (BBC): sobre la esposa de Luis XVI, la decadencia final y la Revolución Francesa.
Las dos son muy buenas. Y cuando estés en el palacio, todo lo que viste en las series cobra sentido. Pedí la audioguía, te va a ayudar a conectar los hechos con los lugares reales.
La visita: no corras, disfrutá cada detalle
Cuando entrás, vas a ver que todo el mundo se va corriendo al Salón de los Espejos. Es el lugar más famoso, lleno de influencers con equipos de cámaras haciéndose fotos. Las nuevas doncellas de la nobleza, digamos.
No corras. El recorrido es largo, no podés volver para atrás, y si te apurás te perdés un montón de detalles que hacen que Versalles sea lo que es.
La primera parte de la visita son apartamentos que tal vez no son los más espectaculares, pero tienen retratos de los personajes de la época. A mí me impactó mucho el retrato de la princesa Palatine, casada a la fuerza con el hermano de Luis XIV. Era una mujer divertida, adorada por el rey, y en los retratos la pintan rellenita, tal cual era. Hay algo honesto en eso que me gustó.
También hay pinturas de escenas de la vida en el palacio: comidas, reuniones, ceremonias. Te meten en el ambiente.
Después llegás a la Capilla Real, que es espectacular. Luis XIV tenía su propio balcón en la parte superior, no se mezclaba con la gente. Y la gente no le podía dar la espalda al rey, entonces se paraban de costado mirando el altar. La capilla es preciosa, y cuando la ves de arriba estás mucho más cerca de los frescos. Una maravilla.
Dato curioso: los reyes no se coronaban acá ni en Notre-Dame, sino en la catedral de Reims (Reins, con mi mala pronunciación francesa). Esa catedral es la segunda más grande de Francia y tiene toda una historia con Juana de Arco, pero eso es otro tema.
Seguís avanzando por una serie de apartamentos, uno más lujoso que el otro, con frescos en todos los techos. Luis XIV adoraba la mitología griega y contaba historias a través de esos frescos. Era un lenguaje visual que la nobleza entendía (o al menos se esperaba que entendiera).
La habitación del rey: donde lo vestían como a un dios
Llegás a la habitación de Luis XIV y es tremendo. Acá dormía oficialmente, aunque en la práctica tenía varias camas en el palacio (ya te imaginás por qué).
Lo más interesante es que en esta habitación lo vestían. Y no era algo menor: era una ceremonia. Solo los elegidos tenían el derecho de vestirlo. Todos querían ese contacto con el rey porque te daba influencia, reconocimiento, mejor supervivencia en la corte. El mayor estatus era ponerle la camisa.
Hay un retrato ahí, de gran formato, que me encantó: Luis XIV pintado de pies a cabeza, en pose, con ropas increíbles, los pies finitos (usaba zapatos de tacón), aunque con los años ganó peso. Es una maravilla ese cuadro.
El Salón de los Espejos: poder reflejado hasta el infinito
Finalmente llegás al famoso Salón de los Espejos. Era una terraza que no se usaba porque le pegaba el clima fuerte, así que Luis XIV decidió transformarla en esta obra monumental: un salón enorme con 357 espejos de gran formato.
Los espejos se hacían en Venecia, así que Luis XIV trajo obreros venecianos, importó la tecnología y los hizo en Francia. Son los originales, y si te fijás bien, no son perfectos: tienen ondulaciones, no reflejan al 100% como los espejos de hoy. Pero en aquella época era una innovación tremenda.
Otro detalle que me llamó la atención: el sistema de apertura y cierre de los ventanales. Es un herraje de 1700 que todavía se usa en Europa hoy en día. Y las ventanas son las originales, con la pintura gastada. Los franceses son exquisitos con el mantenimiento de estos lugares.
El Salón de los Espejos no era solo para mostrarse. Tenía un valor político y simbólico. Los espejos reflejaban la luz del Rey Sol, duplicaban visualmente el jardín, te daban una sensación de poder infinito. Era un escenario de poder.
Y hablando de poder: acá, en 1871, se proclamó el Imperio Alemán después de que Prusia le ganara la guerra a Francia. Humillante. Y en 1919, la venganza: Alemania fue obligada a firmar en esta misma sala el Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Alemania quedó hundida económicamente, y eso fue el caldo de cultivo de la Segunda Guerra Mundial. Todo tiene que ver con todo.
La habitación de la reina: donde María Antonieta escapó en camisón
Después llegás a la habitación de la reina. La original era de María Teresa, esposa de Luis XIV, pero la más famosa es María Antonieta, que la usó después.
Cuando vi la cama —alta, tenías que treparte para subir— me acordé de un chisme histórico: dicen que el primer hijo de María Teresa nació de color, y ella tenía un enano de corte también negro. El bebé y el enano desaparecieron. Después María Teresa tuvo seis hijos más con Luis XIV, cinco se murieron de chicos. Solo uno llegó a la adultez, pero murió sin heredar el trono. Por eso lo heredó su nieto, Luis XVI.
En la decoración de la habitación vas a ver muchas águilas, porque María Antonieta era austríaca. Y si te fijás bien en la pared, hay un rectángulo que se nota: es la puerta por la que escapó la madrugada del 6 de octubre de 1789, cuando los revolucionarios entraron a matarla. Salió en camisón, descalza, y corrió a la habitación de su marido. Salvaron la vida por poco.
El comedor y el museo de Luis Felipe (que a mí no me gustó tanto)
El comedor es más de lo mismo: los reyes comían en la mesa principal, y el resto de la gente miraba. Los nobles comían en sus habitaciones, había un servicio de delivery interno.
Después de todo esto viene la parte que a mí no me gustó tanto: la obra de Luis Felipe I. Después de la Revolución Francesa hubo un retorno de la monarquía, y este rey quiso diferenciarse diciendo que era "el rey del pueblo". Hizo un museo de la historia de Francia adentro de Versalles: 80 o 100 cuadros de Napoleón, una sala enorme con cuadros de las batallas importantes de Francia.
Está bien, pero no es lo que uno va a buscar a Versalles. Uno va por el delirio del Rey Sol, no por un museo de historia. Igual, si te gusta, está ahí.
Ah, antes de salir, bajá a la tienda de souvenirs intermedia (creo que es un piso abajo). Tienen productos actuales de los proveedores originales del palacio: jabones de una empresa que ya existía en 1700, vinos, champagne, porcelana. Me pareció interesante.
Los jardines: geometría perfecta y tuberías del siglo XVII
Los jardines están abiertos todos los días y son gratis (salvo espectáculos especiales). No hace falta entrar al palacio, podés ir directo a los jardines por la parte de atrás.
Son enormes. No es solo lo que ves detrás del palacio: tienen profundidad, podés ir a la derecha, a la izquierda, hay partes que son bosque puro. Hay un lugar donde cuidan caballos todavía, una zona para pasear con perros. La gente de Versalles lo usa los fines de semana para caminar, correr. Es un lugar central en la ciudad.
A mí me tocó visitarlo con nieve, así que no lo vi verde, pero sí pude apreciar el diseño geométrico perfecto. Vas a ver dos fuentes famosas: el Estanque de Latona, con 77 chorros que salen de figuras de ranas, tortugas, lagartos; y el Estanque de Apolo, más abajo.
Dato increíble: no hay agua natural en Versalles. Tuvieron que diseñar un sistema hidráulico para bombear agua desde el río Sena, que está a 8 km y 140 metros más abajo. Inventaron una máquina que se llamaba "la máquina de Marly", y después un sistema de tuberías subterráneas que todavía existe. Son entre 8 y 10 km de tuberías, algunas originales de la época de Luis XIV, con la flor de lis grabada.
El contraste es tremendo: todo ese sistema para el jardín, pero en el palacio el desagüe era un desastre. La gente usaba orinales, los vaciaban por la ventana o en pozos negros que se desbordaban. La peste era impresionante. Y además no se bañaban mucho porque los médicos decían que el agua caliente abría los poros y te podían entrar las enfermedades. Luis XIV se bañaba solo si el médico se lo recomendaba. Eso sí, usaba 3 litros de perfume por semana.
Un delirio total.
Mi recomendación final
Versalles es un lugar que tenés que ver, pero hacelo bien: comprá las entradas en la web oficial, andá temprano (9 de la mañana), informate antes (mirá las series), pedí la audioguía, y tomate tu tiempo. No corras. Disfrutá cada detalle, porque cada sala, cada fresco, cada espejo tiene una historia.
Y si podés, quedate una noche en Versalles. La ciudad es hermosa, vas a poder ver el palacio con otra luz (literal), y te vas a llevar una experiencia mucho más completa.
Tengo más videos sobre Francia en el canal: Reims, la catedral donde coronaban a los reyes; el Palacio de Topkapi en Estambul (para entender otros delirios monárquicos); Berlín y la historia del Imperio Alemán. Todo se conecta, como un rompecabezas.
Espero que este post te sirva. Si tenés alguna duda, dejame un comentario. Siempre respondo, tarde o temprano.
Buen viaje.