Mientras todos se pelean por un lugar en las bodegas más turísticas del Médoc, yo me fui a un rincón medieval donde las catas de vino se hacen entre châteaux y leyendas. Y no fue idea mía, lo admito. Fue gracias a dos amigos —Anaí y Mali— que conocimos en un bar de Burdeos y que, entre copas, nos dijeron: "No vayan al Médoc, hagan esto". Ese "esto" resultó ser Saint-Émilion y sus alrededores, y fue tan espectacular que ahora se los tengo que contar.
Antes de que me digas "pero Matías, el Médoc es EL lugar", dejame que te cuente por qué esta ruta alternativa vale la pena. Sí, el Médoc está lleno de nombres importantes y bodegas imponentes, pero esta experiencia que armamos —casi de casualidad— combina arquitectura de autor, viñedos auténticos y un pueblo medieval que es Patrimonio Mundial. Todo en un día. Y sin las multitudes.
La Terrasse Rouge: arquitectura, vino y vistas que no te esperás
Salimos de Burdeos con el auto (necesitás sí o sí un coche, no hay vuelta) rumbo a La Terrasse Rouge, a unos 35 kilómetros. Son 45 minutos, pero ojo: no es fácil llegar. Vas transitando por caminos angostitos entre viñedos hasta que de repente aparece este château.
La fachada es la típica de la zona, clásica, lo que esperarías. Pero cuando rodeás el edificio, te encontrás con una nave elevada diseñada por Jean Nouvel —sí, el mismo arquitecto de la Torre Agbar en Barcelona y el museo del Louvre en Abu Dhabi—. Es una terraza roja (literal, de ahí el nombre) con una instalación de piedras que simulan uvas. Y las vistas... las vistas son de esos viñedos infinitos que te hacen entender por qué esta región es lo que es.
Es una experiencia triple: restaurante de primer nivel, bodega de las bodegas La Dominique, y un paisaje que te deja sin palabras. Reservamos para las 14:30 y nos tomamos nuestro tiempo. El menú me pareció muy bien: 50 euros con entrada de pescado, un segundo plato de carne y postre. Todo excelente. Lo único que me dolió un poco fue el vino: 18 euros la copa cuando la botella del mismo vino en la tienda de abajo salía 20. Así que mi consejo: pedite UNA copa para acompañar la comida (el día recién empieza), y si te gusta, comprá la botella abajo.
Te recomiendo específicamente el Relais de la Dominique Saint-Émilion Grand Cru del 2020. Las cosechas del 2018, 2019 y 2020 fueron excepcionales en esta zona por un tema de clima: mucha lluvia al principio y después temperaturas altas. El clima es uno de los factores que menos controla el viticultor, pero que más marca el resultado final.
Después de comer, salí a caminar por el parque. Sacá todas las fotos que quieras. Disfrutá del lugar. No tengas apuro.
Château Pénat: la bodega donde el viticultor te atiende personalmente
La segunda parada fue Château Pénat, una bodega chiquita, casi unipersonal. Nos atendió Alain, el viticultor, que nos hizo sentar en el bar y nos guió por una cata de blancos y tintos que fue, sinceramente, uno de los mejores momentos del viaje.
Alain nos llevó desde lo más tradicional a lo más experimental. Había una mezcla clásica: 60% Merlot, 15% Cabernet Franc y el resto Cabernet Sauvignon. Después los porcentajes se invertían. Y después venían los atrevidos: un vino solo Merlot (potente, con mucho cuerpo) y otro solo Cabernet Sauvignon (mucho más suave). Alain nos contó que cuando sacó ese Cabernet Sauvignon solo, nadie lo podía creer. Es algo más experimental, que se sale de la denominación de origen controlada (AOC) que regula cómo se deben producir los vinos para ser considerados de Burdeos.
Nos llevó también a la parte de atrás, donde almacena los vinos. Ahí vi las barricas de distintos tipos de madera, recipientes de terracota, cemento... todo influye en el resultado final. Es fascinante cuando alguien que realmente sabe te explica su oficio con pasión.
Alain tiene un aparatito que te sirve pequeñas copitas —un 10% de la copa, digamos—. Probás, y si ya estás satisfecho con ese vino, tenés un tacho donde lo podés tirar. No se trata de emborracharse, sino de entender las diferencias. Aunque sí, al final de la cata, si te tomaste un poquito de cada uno, ya estás más alegre de lo que llegaste.
La bodega está super premiada —vas a ver los premios en el lugar— y los precios son increíbles. Vinos de excelente calidad al precio que pagarías por un tinto promedio en el supermercado. Llevá espacio en el auto porque vas a querer comprar. Nosotros salimos con varias botellas.
Saint-Émilion: el pueblo medieval que se hunde en la tierra
Después de la cata, seguimos hasta Saint-Émilion. Y acá viene lo loco: el pueblo y los viñedos que lo rodean fueron declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO. Es una comuna medieval que parece una mini Matera (si vieron mi video de Puglia, se van a acordar) porque tiene cuevas trogloditas y el pueblo se expande hacia abajo.
Llegás, estacionás, y tenés que hundirte. Literalmente.
Lo más espectacular es la Iglesia Monolítica de Saint-Émilion, completamente tallada en la roca. Es la mayor iglesia troglodita de Europa. En la Edad Media, los monjes y ermitaños aprovecharon una roca caliza blanda enorme para excavar no solo la iglesia, sino también bodegas, viviendas y túneles. Arriba de la iglesia troglodita está la Torre del Campanario, construida a finales del siglo XV en estilo gótico.
El tema es que la iglesia troglodita está cerrada al público. Podés ver fotos e imaginarte los interiores, pero no entrás. Igual, no te vayas con las manos vacías: en la parte superior del pueblo está la Iglesia Colegiata de Saint-Émilion, construida en el siglo XI y ampliada después en estilo gótico. Adentro hay frescos originales y un claustro medieval con galerías que son una belleza.
Caminá por las callecitas, entrá a las tiendas de vino (hay un montón), sentate en alguna terraza si te queda energía. Todo en Saint-Émilion gira alrededor del vino, pero con una autenticidad que no sentís en los lugares más masivos.
El regreso: viñedos al atardecer
Cuando volvimos a Burdeos —ya eran las 5 o 6 de la tarde— el sol empezaba a bajar y el recorrido por esos caminos entre viñedos, cruzando châteaux, fue espectacular. Es el cierre perfecto para un día que combina gastronomía, vino, historia y paisaje.
Esta ruta me pareció mucho más auténtica que el circuito clásico del Médoc. No digo que no vayas al Médoc si tenés tiempo, pero si tenés que elegir o si querés algo diferente, este plan que nos armaron Anaí y Mali en una noche de copas resultó ser un golazo.
Burdeos es la región vinícola más prestigiosa del mundo para tintos de mezcla —vinos que tienen una composición variada de uvas, principalmente Cabernet Sauvignon, Merlot y Cabernet Franc para los tintos, y Sauvignon Blanc para los blancos—. Esto te da un estilo de vino tinto potente y estructurado. Es, junto con Borgoña y Champagne, una de las regiones vinícolas más famosas de Francia.
Pero más allá de los nombres y las etiquetas, lo que me llevé de este día fue la sensación de haber estado en lugares reales, con gente real, que te atiende personalmente y te cuenta su historia. No fue una experiencia enlatada para turistas. Fue genuina.
Mi recomendación final: reservá con tiempo en La Terrasse Rouge, llevá espacio en el auto para las botellas que vas a comprar en Château Pénat, y dejate tiempo para perderte en Saint-Émilion sin apuro. Y si podés, hacé este recorrido al atardecer, cuando la luz pega de costado en los viñedos. Es otro nivel.