Cuando aterrizás en Barcelona, si prestás atención por la ventanilla del lado derecho del avión, vas a ver algo que no aparece en ninguna postal: tres chimeneas industriales enormes. No son bonitas, no son monumentos turísticos, pero son una cicatriz urbana que cuenta una historia que casi nadie conoce. Barcelona no siempre fue la ciudad de Gaudí y las terrazas llenas de turistas. Fue, durante décadas, una de las grandes potencias industriales de Europa. Tanto que la llamaban "el Manchester del Mediterráneo".
Viví más de ocho años en Barcelona y fui testigo de la última gran transformación de la ciudad. Ahora que volví, me di cuenta de que hay una Barcelona que nadie te cuenta, y que para entenderla tenés que recorrer dos barrios muy concretos: el Born y el Poblenou.
El Born: cuando todo era comercio y producción
El Born hoy es uno de esos barrios que te venden como "auténtico" pero que está lleno de terracitas chic y restaurantes para turistas con presupuesto. Está gentrificado, como se dice ahora. Pero si caminás por su Rambla hasta el final, llegás al Mercado del Born, y ahí la cosa cambia.
Este mercado es todo menos un mercado. Es un edificio fascinante que funciona como museo, pero con dos capas. Arriba ves una estructura de hierro enorme del siglo XIX, inaugurada en 1876. Fue uno de los primeros edificios de arquitectura industrial de Barcelona, construido bajo esa ola de modernización que buscaba ordenar la ciudad con conceptos higienistas. Hasta ese momento, los vendedores armaban puestos en las plazas, todo era caótico. Los nuevos mercados cubiertos eran la solución: ventilación, control sanitario, orden.
Durante siglos, esta zona estuvo llena de almacenes, talleres, comerciantes y pequeños fabricantes. Entraban y salían productos de todo el Mediterráneo. Era una Barcelona pujante, productiva, que no vivía del turismo sino de fabricar y vender cosas. Hoy ese pasado apenas se intuye entre las terrazas y las tiendas de diseño.
Poblenou: el corazón industrial de Barcelona
Pero el verdadero corazón industrial de Barcelona no estaba en el Born. Cuando llegó la gran industrialización del siglo XIX, las fábricas ya no cabían dentro de la ciudad medieval amurallada. Necesitaban espacio, agua, transporte. Entonces el centro productivo se desplazó unos kilómetros hacia el noreste, a una zona que pronto se llenó de chimeneas, fábricas y obreros: el Poblenou.
Barcelona está entre dos ríos: el Llobregat al sur (lo último que ves antes de aterrizar en el aeropuerto del Prat) y el Besós al norte. El Poblenou tenía abundancia de agua del Besós, y eso fue clave. Se llenó de fábricas de todo tipo: textiles, metalurgia, alimentos, centrales energéticas, talleres mecánicos. Algunas todavía están operativas.
Una cosa que me llamó la atención cuando viví ahí son las gasolineras minúsculas que hay en las esquinas. Al ser un barrio industrial, los camiones necesitaban cargar gasoil constantemente. Cuando transformaron el barrio años después, estas gasolineras ya tenían las licencias para operar y sacarlas era un lío burocrático, así que las dejaron. Son mini gasolineras que parecen de juguete, pero siguen funcionando.
Si caminás hoy por Poblenou prestando atención, todavía podés imaginarte esa ciudad industrial. Las chimeneas están por todos lados. Las dejaron como símbolo de lo que fue aquella época. Para mí es muy bonito, son fragmentos de otra Barcelona que no vivía del turismo sino de producir cosas.
La burguesía catalana y el modernismo
Muchas de estas empresas del Poblenou tienen nombres de familias: Industria Textil Saladrigas, Química Foret, Jabones Canrocamora, por nombrar algunas. Estas familias pertenecían a la burguesía catalana, y fueron ellas las que financiaron el movimiento del modernismo catalán a modo de mecenazgo.
Un buen ejemplo es Eusebi Güell. Suena, ¿no? El Palau Güell, el Parque Güell... Güell fue uno de los mecenas más importantes de Antoni Gaudí. O sea: la riqueza que salía de estas fábricas textiles de la burguesía catalana terminó financiando algunas de las obras arquitectónicas más famosas de Barcelona. La Sagrada Familia, la Casa Batlló, la Pedrera... todo eso tiene su origen, en parte, en el dinero que generaban estas chimeneas industriales.
Es una conexión que nadie te cuenta cuando visitás la Sagrada Familia, pero está ahí.
El declive y el abandono
Pero nada dura para siempre. Durante el siglo XX la industria empezó a marcharse. La globalización cambió la economía, la producción se trasladó a otros lugares más baratos, y durante años todo esto quedó abandonado. Poblenou se convirtió en un paisaje de fábricas cerradas y terrenos industriales vacíos. Era una zona fantasma, olvidada.
Hasta que Barcelona volvió a cambiar.
Las Olimpiadas del 92: la primera gran transformación
Con las Olimpiadas del 92, la ciudad decidió transformar toda la zona del litoral. Se derribaron muchas instalaciones industriales y se construyó la Villa Olímpica, el barrio donde se alojaron los atletas. Al mismo tiempo se rediseñó prácticamente toda la costa: se crearon varios kilómetros de playas nuevas, como la famosa Barceloneta o el Bogatell.
Yo estuve alojado en el Bogatell en este último viaje, haciendo un intercambio de casas (una de las mejores formas de viajar económicamente, por cierto). Es un barrio precioso: por un lado tenés todo este pasado industrial renovado y revitalizado, y por otro lado tenés la playa. Podés salir a correr, pasear al perro, y la línea amarilla de metro te deja en 15 minutos en el centro de Barcelona.
El proyecto 22@: de fábricas a startups
Pero la historia no termina ahí. Años después, la ciudad decidió transformarse nuevamente con un proyecto llamado 22@. La idea era simple: no destruir el barrio industrial sino transformarlo. Donde antes había telares, máquinas y humo, ahora hay startups, universidades, centros tecnológicos, estudios de diseño.
Es curioso: Barcelona nunca termina de transformarse. Primero fue Barcino, la ciudad romana. Después fue ciudad medieval y comercial. Luego industrial. Ahora tecnológica y creativa. Barcelona cambia de piel constantemente.
Eso sí, también hay que mencionar el problema de la gentrificación. Con esta transformación, muchas personas tuvieron que abandonar el barrio porque los alquileres empezaron a subir. No todo es color de rosa.
Una ciudad de diseño que lo sostiene
Hay algo que me gusta mucho de Barcelona, y con esto termino. Barcelona se vende como una ciudad de diseño: grandes artistas como Picasso y Miró, arquitectos como Gaudí y Domènech, el Ensanche con su plan urbanístico perfecto de Ildefons Cerdà, diseñado como una parrilla cuadriculada atravesada por la Diagonal. Y justamente donde termina la Diagonal está el Poblenou.
Pero una cosa es decir "somos una ciudad de diseño" y otra cosa es sostenerlo. Y a mí me da la sensación de que Barcelona es capaz de sostenerlo. Con todas estas transformaciones y cambios de piel, lo que intentan también es mejorar la calidad de vida de la gente.
Sí, me dirán: "Hay mucho turismo, está desbordado". Es verdad. Pero tal vez no está mal visitar estas otras zonas, estos otros lugares con un montón de historia, para descomprimir un poco las Ramblas y aportar un granito de arena. Puede ser una ciudad preciosa realmente, más allá del circuito turístico clásico.
Mi recomendación para vos
Si vas a Barcelona, reservate medio día para recorrer el Poblenou caminando. Empezá en el metro Poblenou (línea amarilla) y caminá sin rumbo fijo. Buscá las chimeneas, las fábricas reconvertidas, esas gasolineras minúsculas. Después bajá hasta la playa del Bogatell, que es mucho más tranquila que la Barceloneta, y tomate algo en alguna terraza frente al mar.
Y cuando aterrices en Barcelona, pedí ventanilla del lado derecho. El 85% de las veces el avión hace el aproximamiento por la costa, de norte a sur. Si prestás atención, vas a ver las tres chimeneas, la Sagrada Familia, el Ensanche, el Montjuïc. Es uno de los aterrizajes más bonitos que conozco.