Acabo de volver de Atenas y tengo la cabeza llena de imágenes, sabores y ese polvo blanco de mármol que parece estar en todos lados. Escribo esto ahora porque si espero una semana, ya me empiezo a olvidar de los detalles, y los detalles son lo que hace la diferencia entre un viaje y una experiencia que te marca.

Atenas me sorprendió. No es perfecta, tiene sus cicatrices (la crisis del 2008 sigue presente cuando hablás con la gente), pero tiene algo que pocas ciudades europeas conservan: autenticidad. Es una ciudad que no se disfraza para el turista, y eso se nota en cada esquina.

Transporte: olvidate del taxi

Llegás al aeropuerto y lo primero que te preguntás es cómo llegás al centro. Mi consejo: olvidate del taxi. Atenas tiene tres tipos de transporte público que funcionan bien: buses, tranvía y metro. El mismo ticket sirve para los tres, sale un euro y algo, y es más puntual que muchos sistemas que vi en Europa.

Si llegás de madrugada, el bus X95 funciona toda la noche y te lleva directo desde el aeropuerto a la Plaza Syntagma, que es el corazón de la ciudad. El metro también anda bien, sobre todo si tenés que ir al puerto de El Pireo para tomar un ferry.

Pero acá va lo más importante: Atenas se recorre a pie. Si te alojás en el centro (que es lo que te recomiendo), caminando llegás a la Acrópolis, al Ágora, a los restaurantes, a todo. Llevate calzado cómodo porque vas a caminar mucho. Yo no tomé ni un solo taxi en toda mi estadía, y tampoco le encontré sentido al típico bus turístico rojo hop-on hop-off. La ciudad es compacta y caminarla es la mejor manera de descubrirla.

Los barrios: todos juntos y cada uno con lo suyo

Atenas me recordó mucho a Barcelona: una ciudad entre montañas y mar, con barrios bien definidos pero todos pegados entre sí. Podés pasar de uno a otro sin darte cuenta.

Plaka es el barrio más pintoresco, el que todos te van a recomendar. Es el equivalente a Trastevere en Roma o al Barrio Gótico en Barcelona: calles angostas, restaurantes en cada esquina, turistas por todos lados. Está a 10 minutos de la Acrópolis y tiene ese aire de postal griega que buscás cuando viajás.

Syntagma es la plaza central, donde está la residencia del presidente y el punto de encuentro de los atenienses. De ahí sale el bus al aeropuerto, y si te gusta correr (después te cuento algo sobre esto), el parque que está ahí es una opción, aunque no la mejor.

Monastiraki tiene una plaza que es el punto neurálgico de la ciudad. Cuando la gente queda en encontrarse, se encuentra ahí. Lo que me voló la cabeza es la mezcla: desde la plaza ves las ruinas de la Acrópolis, una iglesia ortodoxa y una mezquita, todo junto. Es un resumen visual de las capas de historia que tiene esta ciudad.

Psiri es ideal para la noche: bares, restaurantes, movimiento. Y Thissio está justo debajo de la Acrópolis, pegado al Ágora. Si te alojás ahí, tenés la ventaja de estar cerca de las ruinas y poder entrar y salir cuando quieras (esto después te lo explico mejor).

Todos estos barrios son seguros y están conectados. Pero hay una excursión que te saca de esta burbuja turística y que me encantó: un tour por los grafitis de Atenas. Es en inglés, sí, pero vale la pena aunque no domines el idioma. Atenas tiene una cultura de arte callejero impresionante, y no hablo de grafitis cualquiera: son murales enormes, con mensaje político y social. La crisis del 2008 (que te repito, sigue presente) generó un malestar que se expresa en las paredes. Hay restaurantes que piden a artistas que intervengan sus fachadas, hay empresas con murales comerciales. Este tour te lleva por barrios más populares, más trabajadores, y te muestra una Atenas que no aparece en las guías.

La Acrópolis: andá temprano o tarde (o no la vas a disfrutar)

Obvio que vas a ir a la Acrópolis. Es el ícono de Atenas, la ves desde todos lados, de noche está iluminada y es espectacular. Pero acá viene el tema: es un lugar de turismo masivo. Si llegás a las 11 de la mañana en temporada alta, vas a estar rodeado de grupos, de gente sacándose fotos, de ruido.

Mi consejo: andá a primera hora (abre a las 8 de la mañana) o a última hora (cierra a las 8 de la noche). Yo fui a las 7 de la tarde y me quedé hasta que cerraron. La experiencia es completamente distinta. Menos gente, mejor luz, más tranquilidad.

Otra cosa importante: no te compres un ticket solo para la Acrópolis. Hay un ticket combinado que sale unos 30 euros y te da acceso a todas las ruinas de la ciudad, incluyendo el Ágora, que está abajo de la Acrópolis y es igual de impresionante. Este ticket te da tres o cinco días para recorrer todo, así que tenés flexibilidad total. Si te alojás cerca del Ágora, podés entrar media hora antes de que cierre, cuando no hay casi nadie.

Y hacé el recorrido con un guía o con una audioguía. La Acrópolis no es solo un montón de piedras: es un relato de mitología, de política, de disputas entre dioses. Acrópolis viene de "akros" (alto) y "polis" (ciudad). Era un lugar de protección que después se convirtió en un santuario para los dioses. El Partenón, el templo más famoso, era un homenaje a Atenea, la diosa de la sabiduría.

La historia de cómo Atenas se ganó el derecho de dar nombre a la ciudad es buenísima: Atenea y Poseidón se disputaron el honor. Poseidón ofreció agua salada (medio inútil para una ciudad que ya estaba en la costa), y Atenea ofreció un árbol de olivo, que les dio alimento, aceite y luz. Las mujeres votaron por Atenea, los hombres por Poseidón. Como había más mujeres, ganó Atenea. Poseidón se enojó tanto que Zeus tuvo que intervenir, y como castigo a las mujeres, les sacaron el derecho a votar. Así se calmó Poseidón. Esta es la clase de historias que te cuentan mientras subís, y por eso vale la pena ir con alguien que te las relate.

En el camino a la Acrópolis hay un montón de cosas que te perdés si no prestás atención: el templo de Asclepio (el dios de la medicina), el teatro de Dionisio (que en su momento fue el más grande de la ciudad, y donde en los bancos de mármol están escritos los nombres de los sacerdotes y políticos importantes), y el Odeón de Herodes Ático, que después te cuento algo especial.

El Museo de la Acrópolis: una joya moderna con vista a las ruinas

Después de visitar las ruinas, andá al Museo de la Acrópolis. Es un edificio moderno, todo vidriado, con vista directa a la Acrópolis. Nunca vi algo así: un museo que dialoga con las ruinas que tiene enfrente.

Acá están las piezas de mayor valor artístico que se encontraron en la Acrópolis. Las bajaron para protegerlas, las catalogaron, y las exhiben en un espacio que es una maravilla arquitectónica. Hay una sala en el último piso donde están los frisos del Partenón, y desde ahí ves la Acrópolis real. Es una experiencia muy fuerte.

El museo también tiene un mensaje político: Grecia reclama que el British Museum devuelva las piezas griegas que tiene en Londres. Durante años, Inglaterra dijo que Grecia no tenía la infraestructura necesaria para cuidar esas piezas. Ahora, con este museo, ese argumento se cayó. Las piezas están ahí, esperando que vuelvan las que se llevó Thomas Bruce (el conde de Elgin) en el siglo XIX. Yo espero que las devuelvan, la verdad. No es solo arte griego: hay arte egipcio y de otras civilizaciones que está en Londres y que no debería estar ahí.

Comprá el ticket online para evitar la cola. Acá sí vale la pena.

Dónde comer: dos lugares que no te podés perder

La comida griega es buenísima. No soy crítico gastronómico, pero sí soy viajero, y cuando como bien, lo noto. Atenas tiene restaurantes para todos los gustos, pero te voy a recomendar dos lugares que me marcaron.

El primero es una callecita que está subiendo hacia la Acrópolis, un poco alejada de la zona más turística. Tiene dos o tres restaurantes muy buenos y un café que es un homenaje a una actriz griega. Cualquiera que elijas ahí, vas a comer bien. Además, después de comer podés caminar un rato por los alrededores de la Acrópolis iluminada. Es un momento.

El segundo es Eugenia, una fonda de barrio que me encantó. Son tres personas: dos en la cocina y ella que sirve. Cocinan como los dioses. El pescado es espectacular. Es un lugar para ir y volver, y volver otra vez. Te dejo el link abajo.

Y no te vayas de Atenas sin probar el café griego frío. Tienen dos versiones: el espresso freddo (espresso largo con hielo y espuma) y el freddo cappuccino (con leche). Te van a preguntar si lo querés dulce o no, porque el café ya lo hacen con azúcar. Si no avisás, te puede salir muy amargo. Pero también está buenísimo así. Es cuestión de gustos.

Lo lindo del café griego es que no te lo tomás rápido. Te lo dan con pajita, te sentás en una terracita, y estás una hora y media tranquilo, mirando pasar la gente. Otro ritmo.

Las iglesias ortodoxas: una sorpresa en cada esquina

Esto no tiene que ver con la Grecia antigua, pero me llamó mucho la atención: Atenas está llena de iglesias católicas ortodoxas. Yo había visto alguna en Viena, pero acá hay una en cada esquina. Literalmente, hay una iglesia dentro del Ágora, otra en medio de un hotel, otra al lado de una plaza.

La iglesia ortodoxa es distinta a la católica apostólica romana. Tienen otra simbología, otros ritos. Los sacerdotes pueden casarse, los bautismos son distintos, los altares tienen otra disposición. Si entrás a una iglesia ortodoxa, te das cuenta al toque de la diferencia.

Es interesante, sobre todo si te gusta la arquitectura religiosa. Y además, muchas de estas iglesias son hermosas por fuera: tienen cúpulas, colores, mosaicos.

El mar: playas cerca y una isla a una hora

Atenas está sobre el mar Egeo, así que tenés la opción de ir a la playa. Las playas de la ciudad no son las más lindas que vi, pero cumplen. Si te querés refrescar, tomás el tranvía hasta Edem (ahí empieza la costa) y tenés una playa pública. Si seguís por la línea del tranvía hacia el sur, llegás a playas menos pobladas, como Kalamaki.

Pero si querés algo mejor, te recomiendo que te tomes un ferry a Egina, una isla que está a una hora de Atenas. Hay dos tipos de ferry: las lanchas rápidas (40 minutos) y los ferries grandes que llevan autos (un poco más lentos, pero me gusta viajar en embarcaciones grandes, así que yo elegí ese).

Cuando llegás a Egina, a la derecha tenés la costanera con restaurantes y puestos de frutas. A la izquierda, las playas. Caminando 10 minutos llegás a una playa que es un bosquecito que termina en el mar. Lo loco es que al lado hay un monte con una columna griega. O sea: estás en la playa, solo, tranquilo, y tenés una columna antigua mirándote. Es espectacular.

Otra opción es salir en catamarán. Hay excursiones que salen de una marina cerca del puerto turístico, bordean la costa, te llevan a playas alejadas, y navegás el mar Egeo todo el día. Es en inglés, pero los griegos hablan muy bien y se entiende todo. La experiencia vale mucho la pena. A veces ves delfines, hay una isla con lobos marinos, y la riviera ateniense es hermosa si sabés dónde ir. El catamarán te lleva a esos rincones.

El Peloponeso: ruinas fuera de Atenas

Si tenés tiempo, hacete una escapada a la península del Peloponeso. Es donde estaban las otras ciudades importantes de la Grecia antigua, como Esparta. Hay excursiones de un día que salen de Atenas y te llevan a ver más ruinas, otros teatros, otros templos.

Para llegar al Peloponeso cruzás el Canal de Corinto, que es una obra de ingeniería impresionante: cortaron el istmo en dos y armaron un paso entre los dos golfos. Son 6 kilómetros de largo y 80 metros de alto. Si pasás por ahí, pedí que paren un minuto para verlo bien. Es muy impactante.

Una vez en el Peloponeso, lo que más me gustó fue el Teatro de Epidauro. Es el tercer teatro que menciono en este post (el primero fue el de Dionisio en la Acrópolis, el segundo el Odeón de Herodes Ático), pero este es el que está en mejor estado. No lo restauraron, está original. Y la acústica es increíble: hay un punto en el centro donde aplaudís o gritás, y se escucha en toda la gradería. 12.000 personas entraban ahí. Es impresionante.

El teatro era una ofrenda a los dioses. Los actores estudiaban la "hipocresía" (el arte de fingir), y por eso les decían hipócritas. Entraban por una puerta, la gente por otra, no se mezclaban. Todo esto te lo cuentan en el tour, y por eso vale la pena hacerlo con guía.

Dos tips para deportistas y melómanos

Si te gusta correr, Atenas es un problema: está rodeada de montañas y no hay muchas planicies. Pero hay una joya escondida: el Estadio Panathinaikos, donde se hicieron los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896. Está abierto todos los días de 8 a 9 de la mañana para que entres a correr gratis. Yo llegué corriendo, pregunté si podía entrar, y me dejaron dar una vuelta. La emoción que sentí fue increíble. Si te gusta correr, no te lo pierdas.

Y si te gusta la música o la cultura, prestá atención a la programación del Odeón de Herodes Ático, el teatro que está dentro de la Acrópolis. Casi todo el año hay conciertos, obras de teatro, ópera. Nosotros fuimos a ver un concierto de música barroca. Estar ahí a la noche, al aire libre, sin micrófonos, con el sonido natural del teatro, es una experiencia única. Te dejo el link abajo para que veas la programación.

Quedate 10 días (si podés)

Mi último consejo es el más difícil de cumplir, pero el más importante: quedate 10 días en Atenas. Sé que no siempre se puede, que las vacaciones son cortas, que el presupuesto aprieta. Pero esta ciudad da para quedarse una semana tranquilo. Tiene cultura, arte, playas, gastronomía, buena onda, un espíritu alternativo, y esa cosa mediterránea de tomarse las cosas con calma.

No viajes apurado. No corras de un lugar a otro tachando cosas de una lista. Tomate un freddo cappuccino en una terracita, caminá sin rumbo, hablá con la gente, dejate sorprender. Atenas te lo va a agradecer, y vos también.